16 de enero de 2009

Lo incomprensible, lo intolerable

"... y ahora nos oprime la vergüenza".
Primo Levi

I.- Lo incomprensible.
De La indagación. Oratorio en 11 cantos, el drama de Peter Weiss basado en el juicio de Frankfurt del Main contra los responsables del campo de concentración de Auschwitz, no pude olvidar nunca una de las intervenciones del testigo número 6: "Cuando hablamos hoy de nuestras experiencias con personas que no estuvieron en el campo, todo aquello les parece siempre algo impensable. Y, sin embargo, son personas iguales a las que allí fueron presos y guardianes. El hecho de que fuéramos tantos los que llegábamos al campo y el hecho de que fueran otros quienes nos llevaban allí en tan gran cantidad debería hacer que aquel suceso aún resultase hoy comprensible. Muchos de los que estaban destinados a representar el papel de presos habían sido educados en los mismos conceptos que aquellos que se encontraron en el papel de guardianes. Se habían puesto a disposición de la misma nación, y por un mismo resurgir y un mismo beneficio; de no haber sido nombrados presos hubieran podido hacer igualmente de guardianes. Hemos de abandonar esa postura de arrogancia con la que pretendemos que aquel mundo del campo nos resulte incomprensible. Todos conocíamos la sociedad de la que surgió el régimen que pudo organizar tales campos. El orden entonces vigente nos era familiar en su propio origen, por eso pudimos encontrarnos justificados también en su consecuencia extrema, cuando el explotador podía desarrollar su dominio hasta un grado hasta entonces desconocido".

Puede leerse en el capítulo cuarto del drama, que corresponde al Canto a la posibilidad de sobrevivir, y constituye un punto de inflexión. El asunto es éste: toda la obra de Weiss, desde el principio hasta el final, abunda en detalles sobre los crímenes casi inenarrables de los nazis. Los testigos, con frecuencia, aún casi veinte años después - el juicio se desarrolló entre 1963 y 1965 - hablan con penosa dificultad, con temor y hasta con vergüenza. Sin duda, muchos de nosotros seremos incapaces de entender siquiera parte de lo que significa no ya haber sido víctima de toda clase de privaciones y humillaciones, sino haber sobrevivido al Lager. Algunas cosas sólo se entienden si se las ha experimentado. Seguramente la inmensa mayoría de los lectores se solidarizará con las víctimas, se horrorizará con los relatos de los testigos y sentirá náuseas al saber de las risas de los verdugos en el tribunal, a quienes odiarán en silencio. Y sin embargo, tal vez muy pocos intentarán comprender cómo ha sido posible todo aquello.

De allí la importancia de la intervención del testigo número 6. En primer lugar, es un exhorto a abandonar la arrogancia, la hipocresía y la impostura de la incomprensión: "Todos conocíamos la sociedad de la que surgió el régimen que pudo organizar tales campos". Se precisa de mucha mala conciencia para renunciar a este conocimiento. En segundo lugar, la sentencia más difícil de asimilar: muchos de los presos hubieran podido ser los guardianes.

Con respecto a lo primero, existe el testimonio de un sobreviviente de Auschwitz, autor de otra obra indispensable: Si esto es un hombre (primera parte de una trilogía que complementan La tregua y Los hundidos y los salvados). Se trata de Primo Levi, un partisano judío italiano capturado por los fascistas en diciembre de 1943, y que fuera trasladado al Lager en febrero de 1944, junto a centenares de los suyos. En el Apéndice de 1976, donde Levi intentó resumir las respuestas a las preguntas que con más frecuencia le hacían, escribió: es cierto, el régimen nazi fue extremadamente hábil al sustituir la información por propaganda. "Sin embargo, esconder del pueblo alemán el enorme aparato de los campos de concentración no era posible, y además (desde el punto de vista de los nazis) no era deseable. Crear y mantener en el país una atmósfera de indefinido terror formaba parte de los fines del nazismo: era bueno que el pueblo supiese que oponerse a Hitler era extremadamente peligroso". Pero sobre todo, concluye Levi, "la mayor parte de los alemanes no sabía porque no quería saber más: porque quería no saber... En la Alemania de Hitler se había difundido una singular forma de urbanidad: quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien preguntaba no obtenía respuestas. De esta manera el ciudadano alemán típico conquistaba y defendía su ignorancia, que le parecía suficiente justificación de su adhesión al nazismo: cerrando el pico, los ojos y las orejas, se construía la ilusión de no estar al corriente de nada, y por consiguiente de no ser cómplice, de todo lo que ocurría ante su puerta". Y sin embargo, la inmensa mayoría tenía conocimiento de lo que ocurría.

Luego, la segunda cuestión, el espinoso tema de los guardianes y los presos. Dice el testigo número 6: muchos de nosotros recibimos la misma educación que ustedes y estuvimos al servicio de la misma nación. Es cierto que fuimos nosotros y no ustedes los que fuimos primero apartados, y luego execrados y encerrados. Pero éramos iguales a ustedes. Bien ha podido sucederle a ustedes.

Pero más allá de todo esto, ¿qué puede decirse de los prisioneros que transigieron con sus guardianes? Aunque están presentes durante todo el relato, Primo Levi les ha dedicado un capítulo entero: Los hundidos y los salvados. Para Levi, el Lager funcionó como "una gigantesca experiencia biológica y social. Enciérrese tras la alambrada de púas a millares de individuos diferentes en edades, estado, origen, lengua, cultura y costumbres y sean sometidos aquí a un régimen de vida constante, controlable, idéntico para todos y por debajo de todas las necesidades: es cuanto de más riguroso habría podido organizar un estudioso para establecer qué es esencial y qué es accesorio en el comportamiento del animal-hombre frente a la lucha por la vida". Están, observa Levi, de una parte los hundidos, catalogados por los veteranos del campo - y vaya qué ironía - "musulmanes" (muselmänner): "Una vez en el campo, debido a su esencial incapacidad, o por desgracia, o por culpa de cualquier incidente trivial, se han visto arrollados antes de haber podido adaptarse; han sido vencidos antes de empezar, no se ponen a aprender alemán y a discernir nada en el infernal enredo de leyes y de prohibiciones, sino cuando su cuerpo es una ruina, y nada podría salvarlos de la selección o de la muerte por agotamiento. Su vida es breve pero su número es desmesurado; son ellos, los Muselmänner, los hundidos, los cimientos del campo, ellos, la masa anónima, continuamente renovada y siempre idéntica, de no hombres que marchan y trabajan en silencio, apagada en ellos la llama divina, demasiado vacíos ya para sufrir verdaderamente. Se duda en llamarlos vivos: se duda en llamar muerte a su muerte, ante la que no temen porque están demasiado cansados para comprenderla". Los hundidos son seres sin historia, "no tienen historia", afirma Levi. Pero si es "una sola y ancha la vía de la perdición, las vías de la salvación son, en cambio, muchas, ásperas e impensadas". Entre los salvados sobresalen, literalmente, aquellos que pertenecen a la Prominenz, y son los funcionarios judíos del Lager, desde el director-Häftling (Lagerälstester), pasando por "los Kapos, los cocineros, los enfermeros, los guardias nocturnos, hasta los barrenderos de las barracas y los Scheissminister y Bademeister (encargados de letrinas y duchas)", títulos rimbombantes que apenas logran disimular una realidad atroz. La prominenz judía es "un triste y notable fenómeno humano", afirma Levi, "son el típico producto de la estructura del Lager alemán: ofrézcase a algunos individuos en estado de esclavitud una posición privilegiada, cierta comodidad y una buena probabilidad de sobrevivir, exigiéndoles a cambio la traición a la solidaridad natural de sus compañeros, y seguro que habrá quien acepte. Éste será sustraído a la ley común y se convertirá en intangible; será por ello tanto más odiado cuanto mayor poder le haya sido conferido. Cuando le sea confiado el mando de una cuadrilla de desgraciados, con derecho de vida y muerte sobre ellos, será cruel y tiránico porque entenderá que si no lo fuese bastante, otro, considerado más idóneo, ocuparía su puesto. Sucederá además que su capacidad de odiar, que se mantenía viva en dirección a sus opresores, se volverá, irracionalmente, contra los oprimidos, y él se sentirá satisfecho cuando haya descargado en sus subordinados la ofensa recibida de los de arriba".

Por último, están los salvados que no han sido favorecidos con ningún cargo, los salvados sin títulos: son los que "luchan tan sólo con sus fuerzas para sobrevivir". Son los que han optado por "remontar la corriente; dar la batalla todos los días al hambre, al frío y a la consiguiente inercia; resistirse a los enemigos y no apiadarse de los rivales; aguzar el ingenio, ejercitar la paciencia, fortalecer la voluntad. O, también, acallar la dignidad y apagar la luz de la conciencia, bajar al campo como brutos contra otros brutos, dejarse guiar por las insospechadas fuerza subterráneas que sostienen a las estirpes y a los individuos en los tiempos crueles". En fin, todos los caminos elegidos para salvarse "suponen una lucha extenuadora de cada uno contra todos, y muchos, una suma no pequeña de aberraciones y compromisos".

Muchas veces hubo de enfrentarse Levi a la pregunta: ¿por qué no rebelarse? Hubiera podido responder: sólo a los hombres les está dado el don de la rebelión. En el Lager no habitan hombres, y ese es su propósito fundamental. Lo afirma, en efecto, Levi: "Los personajes de estas páginas no son hombres. Su humanidad está sepultada, o ellos mismos la han sepultado, bajo la ofensa sufrida o infligida a los demás". El Lager es una máquina que aniquila todo vestigio de humanidad: "Destruir al hombre es difícil, casi tanto como crearlo: no ha sido fácil, no ha sido breve, pero lo habéis conseguido, alemanes. Henos aquí dóciles bajo nuestras miradas: de nuestra parte nada tenéis que temer: ni actos de rebeldía, ni palabras de desafío, ni siquiera una mirada que juzgue... Porque también nosotros estamos destrozados, vencidos: aunque hayamos sabido adaptarnos, aunque hayamos, al fin, aprendido a encontrar nuestra comida y a resistir el cansancio y el frío, aunque regresemos. Hemos puesto la menaschka en la litera, hemos hecho el reparto, hemos satisfecho la rabia cotidiana del hambre, y ahora nos oprime la vergüenza".

Si es que acaso esto es un hombre, he allí lo que significa sentir la vergüenza de ser hombres.

II.- Lo intolerable.
Destrozados, vencidos. Ha sido inevitable incurrir en aberraciones y establecer compromisos con los guardianes, con los verdugos, para sobrevivir. ¿Cómo pudo llegar a ser posible? ¿Es que acaso la humanidad es un rebaño sin remedio que se dirige ciegamente al matadero? ¿Cómo puede llegar a ser pensable, comprensible? ¿Acaso somos todos culpables? ¿Cómo comprender que los presos pudieran comprometerse con sus guardianes?

Preguntas sin sentido, nos dice Gilles Deleuze. Citando a Primo Levi, afirma: "no conseguirán que tomemos a las víctimas por verdugos". Vergüenza de ser hombres, pero no "porque todos seamos responsables del nazismo, como se nos intenta hacer creer, sino porque hemos sido mancillados por él: incluso los supervivientes de los campos se vieron obligados a aceptar compromisos, aunque sólo fuera por sobrevivir. Vergüenza de que hayan existido hombres capaces de ser nazis, vergüenza de no haber sabido o de no haber podido impedirlo, vergüenza de haber aceptado compromisos".

¿Somos todos culpables? ¿Acaso no sentimos, con frecuencia, cada uno de nosotros, vergüenza de ser hombres? ¿Acaso estamos exentos de establecer compromisos con nuestros verdugos? ¿Acaso no experimentamos, se pregunta Deleuze, "la vergüenza de ser hombres en circunstancias ridículas: ante un pensamiento demasiado vulgar, un programa de variedades, el discurso de un ministro o las declaraciones de los 'vividores'"? Y escribe en otra parte: "la vergüenza de ser un hombre no sólo la experimentamos en las situaciones extremas descritas por Primo Levi, sino en condiciones insignificantes, ante la vileza y la vulgaridad de la existencia que acecha a las democracias, ante la propagación de estos modos de existencia y de pensamiento-para-el-mercado, ante los valores, los ideales y las opiniones de nuestra época. La ignominia de las posibilidades de vida que se nos ofrecen surge de dentro. No nos sentimos ajenos a nuestra época, por el contrario contraemos continuamente compromisos vergonzosos. Este sentimiento de vergüenza es uno de los temas más poderosos de la filosofía. No somos responsables de las víctimas, sino ante las víctimas".

De allí que para Deleuze, la filosofía, así como la obra de arte, y pudieran agregarse la escritura, la militancia política, están llamadas no por la raza superior, por los blancos anglosajones protestantes que se pretenden modelo de toda civilización, por las democracias liberales occidentales que se pretenden modelo universal de sistema político ("¿Qué socialdemocracia no ha dado la orden de disparar cuando la miseria sale de su territorio o gueto?"), por Occidente y sus valores, por los hombres y mujeres que reclaman para sí derechos que no reconocen en quienes-no-han estudiado-y-no-trabajan, por los Estudiantes que luchan por la Libertad porque-esto-es-una-dictadura, por los palangristas que denuncian los-crímenes-del-régimen en nombre de la Verdad, por los funcionarios para quienes la revolución ha ido demasiado lejos, por los burócratas y vividores que moran a las sombras de la Revolución; la filosofía y la obra de arte están llamadas "por una raza oprimida, bastarda, inferior y anárquica, nómada, irremediablemente menor".

La filosofía y la obra de arte son responsables ante las víctimas: "son del todo incapaces de crear un pueblo, sólo pueden llamarlo con todas sus fuerzas. Un pueblo sólo puede crearse con sufrimientos abominables, y ya no puede ocuparse más de arte o de filosofía. Pero los libros de filosofía y las obras de arte también contienen su suma inimaginable de sufrimiento que hace presentir el advenimiento de un pueblo. Tienen en común la resistencia a la muerte, a la servidumbre, a lo intolerable, a la vergüenza, al presente".

Escribir no en nombre de la Verdad o la Revolución, sino porque algo nos resulta profundamente intolerable. Aunque nos oprima la vergüenza de ser hombres y nos veamos obligados a establecer compromisos con nuestros verdugos, propios y ajenos. Escribir porque a tantos les resulte incomprensible, porque tantos pretendan no ver lo que sin embargo todos comprenden y conocen. Escribir no porque seamos responsables de, sino ante las víctimas, los postergados, los oprimidos.

III.- Lo que hay de intolerable en el presente.
Ante todo, es realmente intolerable que para tantos resulte tan radicalmente incomprensible, tan impensable la extraordinaria cantidad de corrientes políticas y culturales que desembocan en ese agitado mar que se ha dado en llamar chavismo. Resulta intolerable tanta arrogancia, tanta hipocresía de aquellos que hoy se jactan de desconocer las condiciones históricas y de existencia que le han hecho posible. Resulta intolerable que tantos, durante tanto tiempo, pretendieran desconocer lo que, sin embargo, todos sabían: que muchos, durante demasiado tiempo, morían de hambre; que a muchos, demasiados, les fuera negada la educación o la salud, y en general todo aquello que, justamente por ser lo más básico, hace de la vida una experiencia tolerable, vivible; que durante tanto tiempo, tantos seres humanos fueran relegados a vivir en los márgenes, y que fueran tratados como invasores cuando se atrevían a traspasar esos límites territoriales que se consideraban inmutables; que tantos hubieran sido considerados seres humanos impresentables, incapaces para la política; que tantos, durante tanto tiempo, optaran por renunciar a hablar a pesar de saber, o a no preguntar a pesar de no saber. Todos conocíamos la sociedad que ha visto aparecer estas corrientes que hoy impugnan esta misma sociedad que les negó a tantos seres no digamos ya el estatus de ciudadanos, sino, en muchos casos, la vida misma.

Pero por sobre todas las cosas resulta intolerable esa laboriosa empresa que avanza constante, y al parecer indetenible, y que persigue el propósito de asimilar al chavismo con la muerte. Los mismos que ayer cerraron sus ojos y su boca y taparon sus orejas, para vivir en la ilusión de no ser cómplices de una sociedad que aniquilaba a sus iguales, hoy tienen los ojos desorbitados por la rabia, hace muecas grotescas con sus bocas y prestan sus orejas para escuchar todo cuanto les convoque a creer que están gobernados por el mal y por la muerte.

Vergüenza ante el silencio cómplice de tantos venezolanos con el genocidio contra el pueblo palestino. Hoy vuelven a resonar las palabras de Primo Levi, partisano judío italiano, sobreviviente de Auschwitz: "Si desde el interior del campo algún mensaje hubiese podido dirigirse a los hombres libres, habría sido éste: no hagáis nunca lo que nos están haciendo aquí". De seguir vivo, hoy Primo Levi volvería a sentir vergüenza. Vergüenza de ser judío.

También, vergüenza de ser venezolano. Vergüenza de tanta estupidez ciega, de tanta miseria humana, de tanto cretinismo en los diarios, la prensa, la radio, las calles. Vergüenza de muchos de mis coetáneos, de muchos de los que habitan esta misma tierra. Vergüenza de quienes nos reclaman neutralidad, de quienes nos acusan de terroristas. Vergüenza de quienes llaman "regalos" a nuestra ayuda a otros pueblos. Pero sobre todo, vergüenza de quienes comparan nuestros muertos con los niños asesinados y luego devorados por los perros del Ejército israelí. Vergüenza de quienes hablan de genocidio en Venezuela.

Nada ni nadie puede justificar la inmensa deuda que acumula el gobierno venezolano con respecto a la seguridad de sus ciudadanos. Léase bien: nada ni nadie. Demasiados planes fracasados o postergados, demasiados funcionarios incapaces o indolentes. Vergüenza que nos producen los discursos de algunos ministros. De paso, nadie puede justificar tampoco el deplorable estado en que se encuentran las cárceles, diez años después.

Lo intolerable, ya lo he dicho, lo constituye la tenaz empresa que pretende asimilar, permanentemente, al chavismo con la muerte, de lo que se deduce que todo chavista es, por lo tanto, culpable. Doblemente culpable: por apoyar al gobierno de Chávez y, dado que Chávez es el culpable de la muerte de cualquier venezolano a manos de la delincuencia, es también, por consiguiente, culpable de estas muertes. Ni una sola palabra sobre el tipo de sociedad que ha engendrado a los delincuentes, a los asesinos. De nuevo, se trata de aquellos que optaron por renunciar a hablar a pesar de saber, o a no preguntar a pesar de no saber. Una vez más, todos conocemos la sociedad que ha hecho posible estas muertes: una sociedad fundada sobre los cimientos de la violencia, una de cuyas expresiones es la violencia delincuencial, y una de cuyas partes, un segmento mayoritario de seres humanos, fue apartada y echada al olvido, donde aún hoy yace, al menos parcialmente, y aunque cada vez sean menos. Si nada excusa a la burocracia indolente, tanto o más intolerable resulta la impostura cómplice de los que no dicen nada sobre esta violencia primigenia.

Así, como no es concebible que exista algo más importante que expulsar al mal de la Tierra, y como Chávez es el mal (el innombrable, el maligno, etc.), Chávez debe ser aniquilado, y sus seguidores, cuales ríos desbordados, deben volver a sus respectivos cauces, a donde pertenecen. Chávez es la muerte, y su derrota será la victoria de la Vida sobre la muerte. De esta forma, ningún acontecimiento, ninguna tragedia ocurrida en cualquier lugar del mundo será más importante o, en dado caso, equiparable a la tragedia que significa vivir en la Venezuela gobernada, codo a codo, por Chávez y el hampa. Pero al mismo tiempo, y aunque parezca paradójico, cualquier acontecimiento, cualquier tragedia será asimilable, "comprensible", única y exclusivamente a condición de que se emplee como punto de referencia insoslayable la tragedia venezolana. En otras palabras, la singularidad de cualquier acontecimiento será, así, sometida a la regularidad de la tragedia venezolana.

Ejemplos sobran: el genocidio contra el pueblo palestino asentado en la franja de Gaza será equiparado con los muertos que reposan en la Morgue de Bello Monte; las víctimas de un terremoto en China será equivalente a los muertos a manos del hampa en Venezuela; las muertes en Vietnam, el Golfo Pérsico e Irak serán equiparables a las muertes a manos de la delincuencia en Venezuela; los inmigrantes africanos preferirán las costas de la más segura "Europa fascista", antes que Venezuela, donde los índices de criminalidad están por los cielos. Palestina, China, Vietnam, Irak o África son referencias geográficas casi accesorias. No importa que se trate de un terremoto, de una más de las tantas agresiones imperialistas estadounidenses - con su secuela de millones de asesinados - o de la infame directiva de retorno europea. Nada se compara con la tragedia venezolana.

Hay más -siempre hay más: el Festival de San Fermín (en Pamplona, España) será comparado con la Parroquia San Agustín, en Caracas, y mientras en el primero los participantes de la fiesta evitarán ser alcanzados por los toros, en San Agustín se corre para evitar ser alcanzados por los delincuentes; la alfombra roja del Festival de Venecia (Italia) será equiparada con las cifras rojas que produce el hampa; las expropiaciones serán equivalentes a un atraco a mano armada; las tensiones diplomáticas con Estados Unidos serán representadas con un cuadro que identifica al Tío Sam con el "enemigo" y a los delincuentes con "amigos"; la corona del Rey Chávez, que pretendería mantenerse "indefinidamente" en el poder, será equivalente a las coronas mortuorias de las víctimas del hampa; las evidencias de planes de magnicidio contra Chávez serán desestimadas con la pregunta: "¿Cuántos venezolanos mueren asesinados?"; y los anuncios gubernamentales de renovación de su parque de armas, serán respondidos con la frase: "Queremos misiles pero contra el hampa".

Multiplicadas estas imágenes ad infinitum, repetidas hasta el hartazgo, de todas las formas posibles, a través de todos los medios disponibles, ellas constituyen uno de los pilares que soportan el discurso de la oposición venezolana. Un discurso cuya premisa podría ser, para decirlo con Eneko: "No tocar. No ver. No oír. No gritar". A menos, claro está, que se trate de otro "crimen" cometido por Chávez y los suyos. Un discurso impasible, una risa ruin disfrazada de "humor inteligente"; un discurso que vence cada vez que logra inocular en alguno de nosotros la culpa, y frente al cual, sin embargo, no nos queda otra opción que sentir vergüenza, y combatirlo como sólo puede combatirse contra lo intolerable.

11 comentarios:

  1. Tremenda lectura, Reinaldo. Vale oro.

    Un detalle: En la cita de Primo Levy hay un error de traducción del italiano al español.

    Dice:

    "Su humanidad está sepultada, o ellos mismos la han sepultado, bajo la ofensa súbita o infligida a los demás".

    La palabra "súbita" es traducción del italiano "subita", llana, que en este contexto quiere decir "sufrida".

    Esto recoge claramente el espíritu de la oración de Primo.

    Gracias nuevamente por el texto, quisiera copiarlo en noticierodigital a ver si despierto alguna de esas neuronas anestesiadas por la negación.

    Franco Munini.

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  2. Sr Reinaldo Iturriza muchas Gracias...

    Grupo Teartes

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  3. Gracias a ustedes, Gustavo, Franco y "Grupo Teartes".

    Franco: muy pertinente la observación sobre la traducción. Mi libro es de Muchnik Editores. Por cierto se consigue en Caracas, y recomiendo su lectura. Un clásico.

    El artículo es, por supuesto, copyleft, pero dudo mucho que saques algo interesante de noticierodigital.

    Abrazos.

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  4. Tu expresión "expulsar a Chávez, el maligno" me hizo acordar de un artículo cuyo link pego a continuación: analiza las figuras del cielo y el infierno llevadas a la política.

    Es cierto es caracter maligno que se le otorga a los movientos populares que pretenden subvertir el orden de lo establecido. Aquí, alguna vez se dijo: el peronismo es el acto hecho maldito del país.
    Siempre es más interesante los estigmatizados, los malditos, que vienen a destruír su paraíso.


    http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/index-2006-06-11.html

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  5. Sobre el humor:
    Sólo resta decir que considero que el humor tiene que realizarse contra el poder. Contra los que no se pueden tocar o nombrar de otra forma. Contra el pensamiento hegemónico, contra el sentido común y lo establecido. Si no es así, es mofa. Es como cuando en el colegio se burlan de los niños más débiles. Por poner un ejemplo cercano: El humor hace chistes demostrando cuán fascista es Europa y el que se mofa lo hace contra un país del tercer mundo.

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  6. Verbo, sobre el humor, lee ahora lo que ha dicho en alguna parte Rayma, la caricaturista de El Universal, decano del periodismo de derechas de este país:

    "El compromiso de nosotros como periodistas y en el caso específico de mi rama, el humorismo gráfico, es mantenerse en el otro lado de la acera del poder y ser crítico a todo lo que ese poder genera. Si el trabajo de los caricaturistas se adhiere a un proyecto político, pierde toda credibilidad. La sátira defiende al más débil y el débil nunca está en el poder".

    Poder = gobierno (¿?)
    El Universal no es igual a proyecto político (¿?)
    Ah, y ella hace "sátira", y está con los débiles... desde El Universal.

    Pero no te he contado lo mejor.
    ¿Adivina quién es su héroe, su ejemplo, su inspiración? ¿A que no adivinas?

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  7. Ni quién puede ser su héroe de un cara dura así.... Rambo?

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  8. Jejeje... ¡Quino!

    Es que es rejodida la cosa aquí, porque la derecha ha reciclado buena parte de la estética, la simbología, el discurso, las consignas progres.

    ¡Quino!

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  9. Buenas reflexiones sobre el Humor y el Poder, pero...

    ¿y cuando fue que la Revolución dejo el Poder?

    ¿Ya Chavez salio del gobierno?

    Rayma tiene razon en parte, ella sí hace humor contra el Poder - el de Chavez, el gobierno de Chavez.

    ¿O es que el gobierno NO tiene Poder?

    El Universal puede ser un poder, pero no un Poder de la magnitud del gobierno venezolano que controla multimillonarios recursos por venta de petroleo (al imperialismo que bombardea Iraq), armas (las de la FAN, Reservas, Policias, etc) y medios de comunicaciones con mucho mas poder que un diario - segun lo dicho por el gobierno - venido a menos y casi en quiebra (Izarra).

    Pero no importan mis reflexiones, es mas facil creerse la impostura de la victima que sufre ataques mediaticos de superpoderes particulares, es muy facil adquirir la impostura de "oposicion" agredida cuando se es gobierno, es mas facil..

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  10. Antonio García:
    1) El poder no se "tiene", se ejerce.
    2) Pero de todas formas: señálame dónde planteo que el gobierno "no tiene poder". No podrás, porque no lo he planteado. Es un poco tedioso, te digo, responder por algo que uno no ha escrito.
    3) Lo que sí sostengo, y que además es muy obvio: Poder no es igual a gobierno. ¿Eso habrá que explicarlo?
    4) Reitero: es una impostura autopromocionarse como un combatiente contra el Poder en abstracto, cuando realmente se combate a un gobierno. Es una impostura patética cuando ese gobierno te ofrece toda la libertad para combatirlo, y cuando lo combates escudado tras el inmenso poder fáctico de los medios privados.
    5) Existen datos objetivos, verificables e incuestionables sobre la abismal desproporción entre medios privados (inmensa mayoría) y medios gubernamentales. Detrás de los medios privados está el poder económico.
    6) Yo no asumo "la impostura de la víctima". Yo digo: no cederé al vil chantaje que pretende que nos sintamos culpables por ser chavistas y responsables de todos los crímenes. ¿Realmente no te quedó claro?
    7) Yo sospecho que tú tienes más o menos claro todo lo anterior. Tú sabes que yo no me estoy haciendo la víctima. Tú viniste a hacer lo que ya han hecho otros: atribuirme argumentos y razonamientos que no son míos, porque los míos... esos no tienes cómo rebatirlos.

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