13 de noviembre de 2007

A veces sucede que los medios no callan (ni mandan a callar)

Los medios opositores venezolanos han celebrado a rabiar la iracundia soberbia de un Juan Carlos de Borbón mandando a callar a Chávez durante la sesión de cierre de la XVII Cumbre Iberoamericana, celebrada en Chile. Poco importa si la afrenta ha sido dirigida hacia un compatriota. Pero vamos a estar claros: ni podemos esperar que los medios venezolanos asuman en relación con Chávez una postura semejante a la asumida por Zapatero en relación con Aznar ni tampoco deseamos que así sea. La derecha que defienda a la derecha. Zapatero, pues él sabrá.

En lo particular, estoy convencido de que la defensa de Aznar es una simple argucia retórica del presidente español. El cuestionamiento de fondo, que inició con Evo Morales y continuó con Chávez, va mucho más allá de la menguada figura de Aznar, y tiene que ver con la forma como comienza a concebirse a sí misma nuestra América rebelde y su relación histórica con los imperios, los de antes y el de ahora. El ejercicio de memoria histórica que han realizado Evo y Chávez ha chocado de frente con la mala conciencia española.

La noticia, para los medios, es el choque. Para los medios opositores venezolanos, y para la prensa conservadora de todo el hemisferio (que es casi toda), Chávez ha sido el responsable de este choque: por su impertinencia, por sus malas maneras, por su intemperancia, y por todo eso que ya hemos escuchado y leído miles y miles de veces. En cuanto a la memoria histórica, que quede sepultada en los libros de historia.

Los medios opositores venezolanos, la prensa y las cadenas televisivas conservadoras del hemisferio imponen de hecho lo que Juan Carlos ha mandado: el silencio. Pero a veces sucede que los medios no callan ni tampoco mandan a callar. Como esto es un fenómeno que suele presentarse tan poco, y como la prensa equilibrada, progresista e inteligente equivale en el mundo de los impresos noticiosos a lo que en el mundo animal son las especies en peligro de extinción, comparto con ustedes los casos de dos raros especimenes: dos diarios que se atreven a ir más allá de las simplezas que nos ha impuesto la hegemonía comunicacional conservadora.

El primero de ellos es un diario español, de muy reciente data: Público. En su edición del domingo 11 de noviembre, Público le apuesta a una primera página que centra su atención, precisamente, en la "bronca" protagonizada por Zapatero, Juan Carlos y Chávez:
Pero lean ahora la nota que escribe su director, Ignacio Escolar, en la página 3 de la misma edición:


Una lección para Aznar.
Un ejercicio de política-ficción fácil de resolver: ¿qué habría pasado si hubiese sido Aznar el que estuviese en el lugar de Zapatero ayer en Santiago de Chile? ¿Habría dado la cara el presidente de honor del PP, ese patriota, por el presidente de su país? Me cuesta imaginármelo. En los últimos tres años y medio, el hombre que nos quiso sacar del rincón de la historia se ha convertido en una especie de anti-embajador de España, que usa todos los contactos y amistades que mantiene tras su paso por La Moncloa para complicar lo más posible las relaciones diplomáticas españolas. Aznar ha aprovechado cada cita internacional, cada micrófono, cada entrevista, para cargar contra el Gobierno de su país, contra su política exterior, contra sus propios ciudadanos a los que tacha de cobardes, a los que riñe porque no votaron como su heredero al que él había señalado con su dedo.

Dice Zapatero que el Gobierno de España “siempre ha respetado, respeta y respetará a todos los gobernantes elegidos democráticamente”. Discrepo. El “ha respetado” se referirá a los últimos tres años y medio. Hugo Chávez tenía algo de razón cuando criticaba el papel que jugó el Gobierno de Aznar durante el golpe de estado de 2002 en Venezuela, aunque ayer no fuese ni el día ni el interlocutor ni el lugar oportuno para ese debate.


Sí, por supuesto, algo parecido hubiéramos podido leer en alguna editorial de El Nacional o de El Universal. Claro que sí.

La edición del domingo 12 de noviembre nos ofrece ir al "origen de la bronca":

Yo pensé exactamente lo mismo: ¿un diario intentando, al menos, ir al fondo del problema? Pues sí, parece que aún existen. De esta edición quiero mostrarles acá dos buenas notas. La primera, publicada en la página 3, continúa la línea de análisis que ya trazara Ignacio Escolar el día anterior:


Las veces que Aznar no defendió a España.
Ha aprovechado sus viajes para cargar contra el Gobierno de Zapatero.
Yolanda González
Madrid


Quizá minutos antes de telefonear a Rodríguez Zapatero para agradecerle su defensa, a Aznar se le pasó por la cabeza todas las veces que él hizo justamente lo contrario.

Desde que abandonó la presidencia del Gobierno, la labor de José María Aznar ha tenido un claro escenario dominante: campus universitarios alrededor del mundo. Y en ninguna de sus conferencias han faltado referencias a España. Un país al borde del precipicio con un gran culpable: José Luis Rodríguez Zapatero.

Su último ataque llegó hace unos días a cuenta de la crisis de Chad. Tras agradecer a Sarkozy las gestiones para ayudar a los españoles, se confesó “humillado” porque no hubiera sido Zapatero quien acudiera al país africano a liberar a los retenidos. Hay más ejemplos.

10/09/04
“Partido del odio”
Sus dardos llegaron esta vez desde las páginas del diario alemán Die Welt. Aznar aseguró que “la izquierda que está en el gobierno” en España es “el partido del odio”. También acusó al gobierno de Zapatero de tener como objetivo “sistemático destruir el pasado, lo logrado hasta ahora”.


22/9/04
Sobre el 11-M
Era su primer día como profesor asociado en la Universidad de Georgetown (EEUU) y no faltaron en su discurso las alusiones al 11-M. A su juicio, el problema con Al Qaeda en España no empezó con la intervención en Irak, sino “que viene de mucho atrás”, desde que “España rechazó ser un trozo más del mundo islámico cuando fue conquistada por los moros, y rehusó perder su identidad”. Unas opiniones que en el PSOE calificaron de “patéticas y contradictorias”.


Dos años después, en octubre de 2006, en una entrevista concedida al diario chileno El Mercurio, insistió en que “sin el 11-M las elecciones españolas habrían sido distintas”.

8/10/2005
Momento crítico
Ante cientos de empresarios en México consideró que “España corre riesgos serios de desintegración y balcanización, de volver históricamente a las andadas”.


18/01/2007
Uniones gays
También llevó fuera de nuestras fronteras su discurso sobre la familia y sus valores. En su acto de investidura como doctor honoris causa de la Universidad Católica de Milán, José María Aznar señaló que “las uniones entre personas del mismo sexo pueden ser muy respetables, pero no deben ser equiparadas ni al matrimonio ni a la familia”.


Por estas fechas, la Ley de matrimonios entre personas del mismo sexo ya estaba en vigor en España. Concretamente, desde junio de 2005.

10/4/07
“Una calamidad”
El presidente de FAES consideró que la reciente visita a Cuba del ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, había sido “una calamidad para los disidentes”. Y criticó la política del gobierno hacia la isla. A su juicio, a Zapatero “no le interesan los derechos humanos ni las libertades de los cubanos, sino simplemente el mantenimiento del régimen”.


La segunda aparece publicada en la página 4, incluye entrevista a Luis Britto García, y va acompañada de la siguiente fotografía:


Chávez no olvida el golpe.
Sus partidarios justifican su actitud con el supuesto respaldo de Aznar a los golpistas en 2002.

Trinidad Deiros
Madrid

Los muchos partidarios que Hugo Chávez tiene en Venezuela han hecho suya su idea de que “la verdad no ofende”. De este parecer es el escritor y analista cercano al Gobierno venezolano, Luis Britto, que, en conversacion telefónica con Público, describe como “un hecho irrefutable” el apoyo del Gobierno de José María Aznar al golpe de Estado que en 2002 intentó derrocar al presidente de su país.

Este apoyo, que el mismo Miguel Ángel Moratinos desveló en 2004 en un programa de televisión, pasó bastante inadvertido en España. No así en Venezuela. Luis Britto cree que la ambigua postura de Aznar hacia la intentona golpista, “que no fue ajeno a los intereses de empresas españolas en Venezuela”, está en “el trasfondo del incidente entre Chávez, Zapatero y el rey”.

España y EEUU
El 11 de abril de 2002, un grupo de militares pidió la renuncia del presidente y, ante su negativa, ordenó su detención. El mismo día, Pedro Carmona, jefe de la patronal venezolana, se autoproclamó presidente, disolvió el Parlamento y anuló de un plumazo todas las instituciones democráticas.


Poco duró en el poder, dos días. Las manifestaciones populares y la reacción de un sector del Ejército forzaron el retorno de Hugo Chávez a la presidencia.

Dos países mostraron una clara ambigüedad hacia los golpistas: Estados Unidos y España. En una declaración conjunta firmada por ambos, se expresaba su solidaridad con “el pueblo de Venezuela”, así como el “deseo de que la excepcional situación que experimenta Venezuela conduzca en el plazo más breve a la normalización democrática plena”.

Ninguna mención a la ilegalidad del golpe ni a la situación de Chávez, que continuaba encarcelado.

Argentina, Chile, México y Brasil se negaron a firmar esta declaración.

Una reunión con el golpista
El embajador español en Venezuela, Manuel Viturro, mantuvo incluso una reunión posterior con el golpista Carmona –según reveló Moratinos también en el Congreso de los Diputados–, en la que también participó el embajador norteamericano, Charles Shapiro.

En su comparecencia en el Congreso, el actual ministro español de Asuntos Exteriores hizo público el contenido de un telegrama del embajador español en Caracas.

En él, se podían leer frases como la siguiente: “La reunión nos permitió incluso subrayar nuestra sorpresa por la disolución de la Asamblea y decirle que actitudes como ésa podían hacer difícil que pudiésemos en el futuro expresar nuestra amistad hacia él y nuestra comprensión hacia el anunciado proceso de consolidación de las instituciones democráticas en Venezuela”.

La diatriba de Chávez contra Aznar, al que describió en Chile como “un fascista”, un “cachorro del imperio” y un “tipo que da asco y lástima, de la misma calaña que Adolfo Hitler”, se remite para Luis Britto a la equívoca actuación del Gobierno español en aquel momento.

“Cuando alguien está a punto de perder la vida (Chávez), es normal que ataque a quienes apoyaron a sus agresores”, sostiene este intelectual.

Las “pretensiones de algunos medios de comunicación españoles” de que el Gobierno intervenga en asuntos internos de países latinoamericanos “cuando se supone que los intereses económicos españoles están siendo vulnerados” sorprenden a Britto. El ejemplo que evoca es aún reciente: el de la “legítima” nacionalización de la explotación de los hidrocarburos en Bolivia.

El analista estima que España debe olvidar “los tiempos del Imperio”. La reacción del rey ante los insultos a Aznar le parece además “fuera del protocolo” pues “no tenía derecho a mandar callar a otro jefe de Estado, lo mismo que si hubiera sucedido a la inversa”.

El segundo raro ejemplo de periodismo digno es el que nos ofrece el diario mexicano La Jornada. Si no lo ha leído, pues vaya y léalo. Les dejo la editorial del lunes 12 de noviembre, que suscribo completamente. Salud.

Editorial.
España: injerencias no explicadas.
Tras la agitación en la clausura de la Cumbre Iberoamericana en Santiago de Chile, en la que el rey de España, Juan Carlos de Borbón, intentó callar con malas maneras al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, es preciso ir más allá de los encontronazos verbales y ver que detrás de ellos hay un redimensionamiento inexorable de la presencia española –política, diplomática y económica– en nuestro hemisferio.

Por principio de cuentas, sería necio desconocer que, tras la muerte de Franco, la antigua metrópoli desempeñó un papel positivo en América Latina, asolada entonces por sangrientas dictaduras militares alentadas desde Washington. Durante los años 80 del siglo pasado, España fue, junto con Francia, un contrapeso –pequeño y a veces tímido, pero siempre reconfortante– a los intereses hegemónicos de Estados Unidos en la región y tierra de asilo para opositores perseguidos.

En la década siguiente, conforme se colapsaban los regímenes militares en este lado del Atlántico y las nacientes democracias enfrentaban los saldos de desastre, se produjo una notable expansión de las inversiones peninsulares en América Latina. El flujo de capitales correspondiente resultó importante para la recuperación de economías devastadas por la crisis de la deuda externa.

El avance de la integración española a la Europa comunitaria y la llegada de los posfranquistas del Partido Popular (PP) a La Moncloa implicó un realineamiento de la percepción de Latinoamérica en los órganos del Estado español. Desaparecieron los matices que diferenciaban a Madrid de Washington y los países de este hemisferio dejaron de ser vistos como parte de un universo idiomático y cultural común para ser considerados mercados, en los cuales era preciso aplicar las normas de rapiña y depredación características del modelo globalizador en curso. A medida que las economías salían del amargo trance de fin de siglo, de este lado del mar se cayó en la cuenta que las trasnacionales españolas, ya por entonces con fuerte presencia regional, no eran menos voraces ni menos implacables que las estadunidenses.

La rapacidad de las grandes corporaciones peninsulares –especialmente las que tienen intereses en los sectores hídricos y energéticos– les ha generado conflictos de diversos grados con gobiernos de Argentina, Bolivia y con las sociedades de casi todos los países en los que tienen presencia.

Ante el surgimiento de gobiernos latinoamericanos con propuestas económicas alternativas al Consenso de Washington y con políticas exteriores independientes, el gobierno que encabezaba José María Aznar emprendió una política de abierta injerencia para favorecer a las fuerzas derechistas de este lado del Atlántico. En el encuentro de anteayer, el presidente nicaragüense, Daniel Ortega, dio cuenta de cómo, ya en tiempos de Rodríguez Zapatero, en la embajada de España en Managua se conspiró para impedir el triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional, lo que generó por segunda vez la ira del jefe del Estado español, quien abandonó con rudeza la sesión.

Ayer Chávez recordó que el gobierno de Aznar participó en la conjura que desembocó en el fallido golpe de Estado de 2002, que por un par de días alejó al presidente venezolano del poder. El ex jefe del gobierno español buscó, además, inducir a varios países latinoamericanos –con especial énfasis México y Chile– a la catastrófica y criminal aventura bélica de Estados Unidos en Irak (y antes en Afganistán), faltando con ello al elemental respeto a las soberanías nacionales y a las facultades exclusivas de cada país de fijar su política exterior.

No hay que equivocarse: no es que Chávez u Ortega le hayan colmado la paciencia al rey de España, es que algunos gobiernos de este hemisferio han sido demasiado pacientes ante el intervencionismo español.

Ahora resulta fácil imputar al cavernario Aznar las responsabilidades por estos actos hostiles, inadmisibles y contrarios a la legalidad internacional; sin embargo, el ahora destemplado Juan Carlos de Borbón, en su calidad de jefe de Estado y responsable máximo de la política exterior de su país, no puede eludir su responsabilidad en las tropelías cometidas por el gobernante defenestrado luego de los atentados del 11 de marzo de 2004 en los trenes de Madrid.

Las autoridades españolas le deben una explicación a los gobiernos y pueblos de Venezuela y Nicaragua, deuda que posiblemente se quedará pendiente por tiempo indefinido, habida cuenta de la arrogancia y el desdén hacia América Latina que imperan en las altas esferas políticas de Madrid.

1 comentario:

  1. Acompañamos de Brasil las repercusiones en España de la discusión en la Cumbre de Santiago de Chile. les envio el portal del periódico (sale dos veces por semana) en que trabajo, Hora do Povo.
    www.horadopovo.com.br

    Un abrazo, Susana Lischinsky

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