26 de octubre de 2011

Entender la calle

Jazz, Black Panthers, The Last Poets... salsa cabilla, Palmieri, Young Lords ... revolución bolivariana... (en par de días subo los discos)

Escuchando esa joya en dos discos que es Libertad, ritmo y sonido. Jazz revolucionario y el Movimiento por los Derechos Civiles, 1963-82, editado por la disquera independiente Soul Jazz Records, volvía sobre un tópico recurrente en conversaciones con amigos que tienen tiempo estudiando las relaciones entre cultura y revolución bolivariana: la necesidad de contar esa historia, pero desde una perspectiva otra, no sujeta a la confrontación maniquea: música "comprometida" versus música "académica".

Ociel López, uno de esos amigos, un verdadero "underdog" en la materia (para decirlo con Tego Calderón), me recomendaba hace un par de años la lectura de un texto genial, muy sugerente, escrito por Héctor Manuel Colón. Se titula La calle que los marxistas nunca entendieron, y es un alegato en favor de la observación desprejuiciada de la realidad de los barrios niuyorricans (puertorriqueños en Nueva York), de la potente cultura popular que allí se produjo sobre todo en las décadas de los 60 y 70, y de ésta como expresión de rebeldía.

Entre otros aspectos, Colón revisa la relación entre nueva trova y salsa, remarcando la filiación clase media de la primera, y revindicando la segunda como forma de "protesta política" a lo "cafre" (a lo lumpen, para decirlo como los marxistas). Eso sí, evitando simplismos. Por ejemplo, ubicándose a finales de los 60, y refiriéndose a la salsa, interroga: "¿qué hacía la naciente 'nueva trova' puertorriqueña cuando esta irreverente música se levanta del arrabal niuyorquino…? La canción de protesta pretendió ser nacional, pero no pasó de ser auténtica expresión clasemediera y esto no la disminuye, sólo la sitúa en su justo lugar".

Dicho esto, cabe la pregunta: ¿aquellos géneros o expresiones artísticas que ciertos círculos reclaman como la música emblemática de la revolución bolivariana, bien sea la trova o la sinfónica al estilo Dudamel, no serán más bien expresiones clasemedieras de la cultura? ¿Cuáles vendrían a ser, por tanto, las sonoridades que se producen y recrean en el barrio, pero que yacen ocultas, menospreciadas, ignoradas por la cultura "oficial" por considerarlas demostraciones de "baja" cultura?

Sin tomar en cuenta estas últimas, sostengo, no será posible contar completa la historia de la música hecha en revolución, incluyendo, por cierto, sus ricos y múltiples antecedentes (pienso en este momento, y por sólo citar un ejemplo, en el grupo Madera original). Pero sobre todo será imposible entender las fuerzas que mueven a ese sujeto que le dio origen a toda esta historia que llamamos revolución: el chavismo. Para entenderlo hay que entender la calle.

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1 comentario:

  1. Reinaldo,

    Etiquetar a priori la expresión artística es poner la carreta delante del caballo.

    El arte es una práctica social cuya existencia precede su descripción en términos de un esquema conceptual. Sea este esquema económico, político o estético.

    En tanto práctica social, el arte no es independiente de otras prácticas sociales, es verdad. Pero esto es otra cosa.

    La función de un buen gobierno no es precalificar la forma de expresión de los gobernados. Es crear condiciones para que la gente pueda, con su trabajo, expresar su creatividad. La relevancia y calidad del trabajo son juzgadas en última instancia por la sociedad que el trabajo mismo construye, independientemente de cual sea su sistema económico o político.

    Nuestra tendencia a precalificar el trabajo de acuerdo a una jerarquía social, real o imaginada, es una perversa herencia colonial.

    El problema central de nuestra política cultural es la subordinación a la cultura del «cuanto hay pa' eso».

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